Automóviles Luarca S.A. (ALSA)

Automóviles Luarca S.A. (ALSA)

Resulta deprimente pasar por la calle García Prieto y ver cerrada a cal y canto la estación de ALSA y lo que fue el bar (ahora felizmente ocupado por la reciente ampliación del supermercado), aunque tantos meses con las verjas abajo y llenos sus espacios de basura, cartones y porquería que la gente depositaba en aquel lugar.

También es lamentable que algunas páginas de internet sitúen el comienzo de la empresa ALSA en Cangas del Narcea, obviando la realidad incuestionable del lugar de su nacimiento y fundación.

El 22 de junio de 1916 un grupo de luarqueses (Francisco García Gamoneda, Vicente Trelles González, Liborio Rodríguez González, Antonio González Vega, Fernando Álvarez Cascos y Manuel Riesgo Gallo), apostaban parte de sus ahorros y se creían capaces de dar el impulso necesario al sector del transporte de viajeros en Asturias. Comenzarían comprando tres o cuatro viejos autobuses a Federico Ochoa de Navia. Nacía así la empresa denominada “Automóviles Luarca”.

De tal forma en aquellos años (1916-1922) las empresas que se repartían el transporte de viajeros por todo el occidente fueron “Bernesga”, “La Mantequera”, “El Castropol”, “El Occidente” y “Los Luarcas”.

“Los Luarcas” como así se les conocía comúnmente pintaban de color amarillo y castaño – como las antiguas diligencias-, pasando después al gris, que tantos años le acompañaría hasta nuestros días. Cuando en el año 1922 la empresa “Automóviles Luarca” se situaba en primera línea del escalafón de transporte de viajeros, comenzarían a marcarse las directrices para su fundación en Sociedad Anónima el 20 de abril de 1923, dando lugar al nacimiento de ALSA.

Aquel primer Consejo de Administración estaría formado por las siguientes personalidades y cargos respectivos: José G. Vidal de la Uz (Presidente), Fernando Álvarez Cascos (Consejero Secretario), Francisco G. Gamoneda (Director Gerente), Antonio Rodríguez Avello (Consejero Delegado) y Vicente Trelles González y Antonio González Vega, como Vocales.

Aunque mis recuerdos más cercanos me trasladan a los años setenta y ochenta en los que mis viajes en ALSA por Asturias fueron más bien numerosos. Aquella vieja administración tenía un par de bancos de hierro pintados de color gris claro en la entrada. El suelo con el típico azulejo con un crisol de blanco, negro y gris de la época y que se repetía en muchas tiendas o establecimientos de Luarca.

A la izquierda, nada más entrar en la amplia estancia y tras un gran ventanal -que siempre estaba abierto-, se encontraba el despacho de paquetes y maletas en el que trabajó toda su vida Fidel, que vivía en la calle de La Peña. A la derecha, el despacho de billetes en el que te podían atender Carlos “El Queirolo” o Juan el del Mirador. Otro nuevo banco en el que podías esperar la llegada de los autobuses daba la espalda a la cristalera desde la que se veía el río y la calle del Pilarín. En el centro una columna y al fondo los dos aseos.

Y a la izquierda de los cuartos de baño, estaba la puerta que daba acceso al bar del ALSA que tantos años atendieron José Ameal Peña, “Pepe Ameal” y su yerno Silverio. Aquel bar que tenía una barra muy larga y que siempre tenía un expositor repleto de pinchos, y en el que se daban cita no solo los viajeros de autobuses que pasaban por allí, sino todos los luarqueses que encontraban en aquel establecimiento un lugar habitual de conversación y entretenimiento.

El movimiento en aquella calle era espectacular. A la derecha –antes de llegar a la estación-, se encontraba el enorme hangar donde estaban aparcados unas cuantas decenas de autobuses, y desde el que se veía la parte de atrás de muchas de las casas de la calle Crucero. Después del bar, hacia la calle Travesía del Teatro Amelia, se encontraban también los viejos garajes.

Cuando se retiró Fidel fue Ricardo quien le sustituyó y después sería Solís el que pasaría el resto de su vida hasta que se jubiló despachando billetes en la administración, incluyendo sus últimos tiempos en la nueva estación.

El día en que me licencié de la mili y que llegué a Luarca desde Ceuta –tras cumplir un año con la patria- fue el 25 de noviembre de 1991. Recuerdo perfectamente a mi madre – de pie delante de aquellos bancos grises-, esperando para recibirme tras casi un año en África trabajando gratis para los militares en “La Perla del Mediterráneo”. Fue precisamente al día siguiente cuando se demolió aquella estación que siempre perdurará en mi memoria, para construir ese edificio ALSA – con sus dos portales-, el antiguo supermercado de “El Árbol” y la nueva estación.

Los recuerdos también me llevan a los embotellamientos que se producían en Luarca –especialmente en verano- en la curva del Restaurante Leonés, y ver correr a los antiguos municipales de Luarca (Paco Beethoven, Laurido, Alfredo, Paquito, Herrera, etc…) con el silbato en la boca para buscar al dueño del vehículo que impedía al ALSA dar la vuelta y recorrer el espacio entre el Hotel Gayoso y la administración.

Aquel ALSA en el que me montaba a las 6,25 horas de la mañana los días en que me tocaba revisión del dentista en Oviedo, y que ya me ponía realmente enfermo la víspera al pensar en aquel olor característico del motor, y las numerosas paradas que realizaba en el trayecto hasta la capital por la infernal carretera de La Espina. ¡Quién puede olvidar las largas travesías por La Espina detrás de un camión!

En Almuña tuvo el ALSA un gran taller y almacén en el que trabajaron toda la vida Ramón Taquinos, Rufino Mansilla y su hijo, Juan, Eusebio, etc, etc. Allí se almacenaban viejos autobuses, piezas, asientos y un sinfín de utensilios que sirvieron para abastecer a todos los vehículos de la empresa. En las oficinas de Luarca trabajó toda su vida Finita Barroso, tía de mi amigo Javier, y Manuel Ibáñez, también hasta su jubilación. Un servidor también trabajó en las oficinas de Almuña realizando la historia contable de la empresa entre agosto de 1993 y febrero de 1994.

Allí coincidíamos con conductores históricos del ALSA como Castañeras, Ángel, Bachos, Gonzalo, Virgilio o David Suárez, entre otros; que nos contaban un sinfín de historias –buenas y malas-, pero que tenían que ver con sus miles de horas al volante de aquellos “viejos camellos”.

Una empresa que ha dado muchas vueltas por el mundo, y unas cuantas vueltas más de tuerca pasando a ser monopolio de la Familia Cosmen Adelaida (de Cangas del Narcea), antes de pasar a principios de este siglo a manos de un consorcio británico. Bien distintos aquellos comienzos en Luarca, igual que la situación que se avecina para todos en Asturias –incluida aquella que fue nuestra empresa y que solo conserva el nombre-, pero que bien merecía este pequeño repaso en nuestra “Memoria Gráfica” para que queden claros los inicios de la misma antes de perder toda vinculación con nuestra villa.

No hay ningún habitante en Luarca y su concejo que no tenga algún recuerdo de algún viaje –más o menos lejano- por nuestra geografía. Todo ha cambiado diametralmente incluso en el transporte de viajeros, donde ahora se compran billetes por internet que ni siquiera tenemos que imprimir. Si bien es cierto que la tecnología y los avances se cargaron para siempre puestos de trabajo como revisores, taquilleros, consignatarios, etc.

En estos tiempos tan negativos necesitamos pioneros, fundadores, savia nueva que consiga cambiar esta tendencia que ha venido a empeorar este maldito “bicho”. Hacía tiempo que tenía ganas de destacar a una empresa de viajeros en autocar que viaja por el mundo, con cuatro letras que mucha gente de fuera de Asturias no sabe que significan, y que cuando se lo dices de forma incrédula te preguntan: ¿Ah sí? No tenía ni idea.

Automóviles Luarca Sociedad Anónima, un ejemplo más de hasta donde fuimos capaces de llegar. Desde Luarca y por el mundo, hasta Moscú y China, quien se lo iba a decir a aquellos jóvenes emprendedores y continuadores de las primeras diligencias tiradas a caballo. Le pese a quien le pese el ALSA, nació en Luarca.

 

 

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